Integración y cooperación no son fenómenos nuevos, han estado presentes en la práctica de las relaciones económicas y comerciales internacionales, al menos desde el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, es lógico que existan diferentes experiencias en el tiempo y por regiones. En los últimos años han comenzado a aparecer o están en proceso de conformación nuevas formas de cooperación y concertación, básicamente en el campo comercial, aunque también incluyen el tema de las inversiones: los llamados mega-acuerdos, casi todos ellos en negociación, sin firmarse y emulando unos con otros para entrar en vigor en 2015 o tal vez, si no se logran los consensos necesarios, más allá de esta fecha.
Cada uno de los principales actores en el sistema de relaciones económicas internacionales, que resultan promotores de los acuerdos, intenta situar sus “piezas” (capitales, inversiones, control de mercados, acceso a los flujos de capital, participación en la creación y captación de valor, entre otros) en las mejores y más sólidas posiciones en el tablero del ajedrez mundial, iniciando y ganando o tratando de ganar las “guerras” por el control de los combustibles fósiles, el agua y de otros recursos naturales estratégicos y sus vías de acceso, en cualquier lugar del mundo, no importa lo distante de la geografía ni los métodos que se tengan que utilizar para alcanzar sus propósitos hegemónicos. Se han dado cuenta que “el agua se les está empezando a escapar entre los dedos”, debido a los cambios bruscos que están teniendo lugar en el contexto internacional. Estos nuevos fenómenos puede que requieran de ajustes en la teoría y, tal vez, de nueva teorización al respecto, tarea compleja porque habría que transformar o reemplazar los paradigmas existentes, que están muy consolidados en los medios académicos, en los centros de poder, en la práctica de las relaciones intergubernamentales y, lógicamente en la esfera de los hombres de negocios, que son los actores que, en última instancia, deciden y dictan al resto de los concurrentes lo que va a ocurrir y cómo ha de funcionar el mundo.
Lo anterior está relacionado con las concepciones y la propia conceptualización sobre la polaridad del mundo y el supuesto o real cambio del orden mundial, del cual se viene hablando constantemente, sobre todo a partir de los sucesos de 1989 – 1991. Es en este contexto que se producen las negociaciones de los llamados mega-acuerdos comerciales preferenciales, como una vía para la búsqueda de solución a las contradicciones a favor de las potencias tradicionales, que de resultar, pudieran reemplazar a la Organización Mundial del Comercio (OMC) y tendrían que ser aceptados por todos los actores: se están negociando reglas del juego en el extenso y diverso campo del comercio y la inversión, que pueden ser impuestas a los demás actores y llegar a alcanzar un carácter universal.
Finalmente, y en otro plano de análisis, los mega-acuerdos pudieran tipificarse sobre una de las posibles bases lógicas, según su amplitud y configuración geográfica. En este caso pudieran ser clasificados, en una primera aproximación, en: regionales (llamados también inter-regionales), bi-regionales (o intra-regionales) y multi-regionales. Los Mega-acuerdos. Dentro de los rasgos esenciales que caracterizan a los mega-acuerdos, se pueden relacionar los siguientes: Involucran gran cantidad de economías diversas y, por lo regular, asimétricas, donde está en disputa el liderazgo de una u otra de las partes.
La misma asimetría hace más complejo el proceso de negociación, debido a la existencia de disímiles intereses y posibilidades muy dispares entre las economías. Abarcan enormes cantidades de recursos humanos y capacidades poblacionales, científico-tecnológicas, amplitudes geográficas, existencias de infraestructura instalada, efectivos y medios militares (capacidad bélica), recursos naturales estratégicos, entre otros, los que convendría gestionar de forma cooperada y colectivamente, supuestamente en bienestar de todas las partes, lo cual no siempre se logra. Pretendido multilateralismo en la toma de decisiones. Muy cuestionado, ya que resulta difícil de entender el buen funcionamiento de esta práctica, cuando en el mismo mega-acuerdo participan economías con un peso totalmente desproporcionado, debido a la enorme diferencia en el tamaño y las capacidades de cada una de las partes.
En teoría del Derecho Internacional se habla de un principio que es el de la “igualdad soberana”, recogido en la Carta de la ONU (San Francisco, 1945). En la práctica ocurre que no todos los actores o sujetos de las relaciones internacionales tienen la misma capacidad para ejercer ese derecho. Surgen en su mayoría como respuesta a la actual crisis y suelen expandirse con el tiempo. Si tomamos cada uno de los mega-acuerdos, es fácil comprobar que al inicio los Estados fundadores han sido históricamente de cuatro a seis, mientras que con el curso del tiempo se ha aumentado la membrecía hasta alcanzar más de 10 asociados en cada caso. Capacidad de potenciar las posibilidades de cooperación e integración económico-comerciales y financieras entre las partes, posicionando mejor al bloque en el sistema de relaciones internacionales y, en particular, en el campo comercial, aunque con asimetrías al interior debido al peso diferente de los signatarios. Esto es debido a que se negocian los llamados acuerdos comerciales preferenciales llamados de cuarta generación, que por su complejidad se caracterizan por incluir temas no siempre negociados con anterioridad, al menos con ese nivel de amplitud y comprometimiento para los Estados parte, los que a su vez no tienen todos la misma capacidad decisoria.
De modo que, en una primera aproximación teórica, los mega-acuerdos pudieran ser definidos como: Tratados internacionales, que involucran gran cantidad de economías y recursos. Son presentados por sus promotores como espacios para el multilateralismo, aunque en la práctica priman los intereses de las principales potencias. Surgen en su mayoría como respuesta ante la actual crisis y tienden a expandirse rápidamente en membrecía. Están enfocados, según sus objetivos declarados, a incrementar las posibilidades de cooperación e integración económica, comercial, financiera, tecnológica y militar de las Estados parte. Por lo general, tienen un objetivo subyacente: posicionarse mejor en la región de que se trate y a escala global y contener la expansión de las potencias emergentes.
Factores que impulsan los mega–acuerdos.
Uno de los principales factores que han dado lugar e impulsan las negociaciones de los mega-acuerdos es la no materialización de avances significativos en negociaciones de la ronda de Doha (OMC). Se habla indistintamente de OMC+, OMC plus u OMC 2.0, refiriéndose a acuerdos comerciales de cuarta generación, contentivos de elementos de regulación comercial, aspectos extra-arancelarios, normas fitosanitarias, derecho y vías e instancias para establecer reclamaciones, comercio electrónico, Ventanilla Única de Comercio Exterior (la llamada VUCE), reglas de origen, compras gubernamentales, inversiones, derechos de propiedad intelectual, regulaciones del mercado laboral, controles medioambientales, entre otros aspectos que resultan, en cierta forma, novedosos con relación a las prácticas anteriores.
Ese es, tal vez, el punto nodal que distingue los mega-acuerdos comerciales preferenciales de otros acuerdos precedentes de similar naturaleza. Sin embargo, no está totalmente claro si el fracaso de la Ronda de Doha es la causa de la aparición de los mega-acuerdos o son estos últimos y sus negociaciones los que obstaculizan la culminación de dicha Ronda. Está por investigar más en profundidad y demostrar cuál de las dos tesis resulta verdadera. ¿Pueden los desacuerdos en todo género de barreras no arancelarias solucionarse a través de los mega-acuerdos? No se puede determinar hasta ahora con suficiente grado de exactitud, entre otras cosas por el mero hecho de que estos suelen negociarse parcialmente en secreto. Se conocen básicamente a través de documentos dados a conocer ex profeso o “filtrados”, con información fragmentada sobre lo ya pactado o mediante algunos borradores de lo que se va a negociar próximamente. Otro elemento que genera la negociación de los mega-acuerdos es la crisis estructural y sistémica del capitalismo, que lleva a buscar nuevas vías y formas de maximización de las ganancias, de valorización del capital, además de las ya tradicionales, como la especulación y la no tan reciente financiarización de la economía.
Una importante causa pudiera radicar en la pérdida de prestigio de las instituciones internacionales tradicionales (Fondo Monetario Internacional -FMI, Banco Mundial -BM, la propia OMC), que pierden parte de su poder con la aparición de las potencias emergentes, por tanto aparece la necesidad de buscar nuevas formas de dominación, de control de los recursos y mercados, ya que amenaza la pérdida de poder de los grandes centros del capital. La necesidad de contención de los BRICS por las viejas potencias, en primer lugar Estados Unidos, motiva también la búsqueda del control por medio de nuevas normas de obligada aceptación para todos, ya bien sea dentro o fuera, o complementando a la OMC, las que marcarían las pautas para el comercio en un futuro no mediato. Las nuevas normas permitirían un mayor y mejor control no sólo de la actividad comercial, sino de los flujos de capital, de la transferencia de tecnología y situaría a los “players” en posiciones privilegiadas a la hora de dictar políticas de obligatorio cumplimiento para todos los que quieran o necesiten comerciar internacionalmente, que se convertirían en “tomadores” de reglas ya aprobadas por otros. A esto se añade la necesidad imperiosa de controlar el “pivote asiático”, ante el acelerado crecimiento de las economías de la región, unido a la creciente pujanza de los BRICS, en particular de China e India en la región de la Cuenca del Pacífico: participación en el comercio, en las inversiones, expansión de las capacidades productivas, empleo de las monedas nacionales cada vez con más frecuencia en sus transacciones bilaterales, incremento de las reservas internacionales, entre otros elementos definitorios a la hora de determinar el peso de un país en el sistema de relaciones internacionales.
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